Maldita vanidad

La frivolidad toca la puerta una y otra vez. La mayoría se apresura a saludar e incluso  a identificarse con nombre y apellido para confirmar si  aparece en la  lista de invitadas. Algunas confiesan no conocer a la dueña del evento pero dicen haber recibido un correo electrónico con los detalles de la venta privada con horario extendido. Para todas habrá entrada y  bastará con cruzar el umbral para aterrizar en el paraíso del verano , la primavera , el otoño o el invierno. Dependerá de la colección.  Unos bastidores repletos de camisas, abrigos y vestidos . Sedas, pieles y paños. De un perchero antiguo cuelgan sombreros,fulares y bufandas multicolor. Al mejor estilo de un escáner 3D, en cuestión de segundos  detectan a través de su mirada las caras conocidas y al mismo tiempo los artículos exhibidos.  Llegan puntuales al convite porque cualquier excusa resulta propicia para  invertir en el armario. Más vale saludar.

El espacio es reducido pero no genera ningún inconveniente para mujeres con hambre de comprar. Aunque no se trate de la barra de un bar,  que oportuna resulta la primera copa de vino o champaña antes de empezar a descubrir las gangas del día. Sentirse relajadas ayuda a decidir.  Al principio algunas actúan algo reticentes con la situación pero ya que están allí, compartir con las demás es lo más conveniente de lo contrario es mejor escapar por la salida de emergencia y pocas optan por esa solución. Todo consiste en escoger artículos e ir colgado del brazo todo lo que se pueda. Luego hacer fila para entrar al probador con las manos llenas y como regla general buscar aprobación de cualquiera de las presentes. Es muy posible encontrar una respuesta al unísono aunque las opiniones sean diversas. No tiene sentido negarse a la dinámica porque hay otra compradora con más determinación que aprovechará la indecisión ajena para llevarse a casa la prenda de ocasión. Lo que empezó con un escueto correo electrónico con la promesa de buenas oportunidades por calidad-precio, unas horas más tarde se va tornando en  una espontánea terapia femenina.

Mientras el caos se apodera de los vestidores,  en el salón  las cosas resultan más interesantes. El vino ha hecho efecto y lo que aparentaba ser sólo una venta exclusiva de barrio se convierte en una convocatoria más íntima y divertida. Es un  grupo de apoyo con cara de mercadillo.

Durante ésta terapia no se guarda silencio. Tampoco se lleva una charla pausada y respetuosa que permita escuchar el drama de las asistentes en un lugar vacío con sillas desplegadas en circulo como ocurre en las películas.  El tratamiento consiste en desahogarse y a la vez probarse prendas para luego hablarle al espejo y  que el espejo  conteste frente a un conjunto de mujeres de diversas edades, nacionalidades y con dispares activos en la cuenta corriente. Nada fácil aguantarse el escrutinio público pero logra poner los pies en la tierra.

No importa de donde vengan o cuanto tengan en la cartera, el bazar es el pretexto para darle alas a la vanidad. Sin sospecharlo, la dueña de casa ha organizado el ambiente propicio sin la presencia de sus respectivas parejas o hijos para que cada una de las asistentes de rienda suelta a una conversación de índole personal , familiar o laboral. Hay espacio para conversar sobre desdichas propias o ajenas. También se celebran triunfos individuales, empresariales o matrimoniales. Confiesan lo que les gusta,  lo que aborrecen , hablan de sus fantasías sobre la moda y algunas se atreven con algo más,  defienden sus opiniones y colores favoritos. Comparten información sobre las redes , los eventos a los que asistirán , con quién irán e incluso se ponen al día en materia informativa hablando de los titulares ,escándalos políticos del momento  y si, también de la Preysler y su novio. Por unas horas todas son mujeres de carne y hueso con tallas desde la 32 hasta la 50 que reciben cumplidos de amigas y desconocidas que alimentan la autoestima cualquier día de la semana en el mercadillo de turno. Maldita vanidad.

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