Doña Disculpa

Me permito el lujo de creer en los demás. Mejor dicho, en la palabra de los demás. Considero significativo el hecho de darle valor a las promesas. El solo hecho de convenir con otra persona una situación que interese a ambas partes, debe ser sagrado, como pocas cosas hoy en día. Un compromiso es un pacto. No importa que tan íntimo, sencillo o primordial sea para la vida de alguien, pero una vez adquirido más vale consumarlo. El acto de decir algo y comprometerse a que lo ofrecido de forma oral será cumplido en un lapso con fecha de vencimiento es de gente seria y continúo creyendo que todavía son más los que cumplen que los que engañan. Afortunadamente.
Existen excepciones, como todo en la vida. Así que en caso de encontrarse imposibilitado para ejecutar lo acordado es de suma importancia comunicarlo a quien espera por su cumplimiento. Más vale que la justificación tenga una alta dosis de credibilidad. Pero es de humanos zafarse olímpicamente de los compromisos indeseados y la vida moderna con agendas personales a reventar de obligaciones no tiene reparo en darle rienda suelta a doña Disculpa. Ella, indeseada por sobre todas las cosas, solemos sacarla a relucir cuando más nos conviene y sí que ayudan sus reconocidos alcances en cuanto a pretextos profesionales se trata. Esta doña es intrépida, temeraria pero no siempre se sale con la suya. Por eso las conciencias que aún conservan la decencia, recomiendan que una vez dicho y oficializado un acuerdo, se debe hacer todo lo posible por cumplir con nuestra garantía.

La palabra tiene un valor infinito. Quien cumple, genera respeto. Quien incumple, desconfianza.  Y , ¿de qué vivimos en éstos tiempos de tanta incertidumbre, sino es de la determinación  y la buena fe con la que actuamos?

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